Kyoto, el valor del silencio

No sé porque últimamente me cuesta tanto escribir, ¿puedo tener el bloqueo del escritor sin serlo? Hace bastante tiempo quería contar que ahora sí fui a Japón, con mi mamá y mi hermana. Y me hizo reflexionar sobre tantas cosas y aprender muchísimo sobre mí misma también.

Mientras viajaba ya tenía un título para esta entrada: “Kyoto, el valor del silencio” y es que justamente eso hizo la experiencia tan especial. Cuando no hay ruido a mí alrededor me es más fácil escuchar lo que sucede en mi cabeza y en mi corazón. Fue impresionante desde el principio, no es bien visto conversar a bordo del transporte público en Japón y el chofer, si es que lo hay, no va a ir escuchando cumbia a todo volumen como aquí en Chile.  Disfruté tanto eso.

Viajamos en un avión rosado, con asientos rosados y adivinen qué! las asistentes de vuelo también estaban vestidas de rosado.

Llegamos al aeropuerto de Kansai y viajamos en el Haruka Express hasta Kyoto. El recorrido toma alrededor de una hora y veinte minutos y tiene un descuento asociado a la tarjeta del área (ICOCA); también si compras ida y vuelta sale más barato. La verdad nosotras nos demoramos un poco más, porque nos bajamos en una estación equivocada, menos mal teníamos fotos para llegar a nuestro alojamiento, así que preguntamos y nos dijeron que no era ahí (menos mal) tuvimos que esperar al siguiente tren. Japón trata todo lo posible de ser a prueba de despistados, hay señales por todos lados, en los puntos más importantes habían señales en el suelo que indican el camino y apostaría a que cuando nos bajamos había una señal en el piso diciendo algo así como “Esta no es la estación de Kyoto, no se baje aquí” y nosotras no la vimos.

Así se veían las calles camino a nuestro alojamiento

Lo que más siento es que estaba viajando en un tren decorado con motivos de Hello Kitty y lo abandoné sin sacar siquiera una foto por despistada, pero bueno si no me equivoco y me pierdo no sería yo. ¡Dato importante! En todas las estaciones en que estuve había personas a las que preguntar dónde encontrar el tren o cómo usar los tickets, etc. Generalmente hablan inglés, les recomiendo no preguntar en japonés porque les van a responder en japonés y no van a entender (por supuesto, me pasó también).

Lo que dicen de la amabilidad de los japoneses es cierto, todos nos recibieron con mucha paciencia, sí, también hay algunos que repiten palabras de cortesía como robots, pero no fue así en general. Todavía me acuerdo de los señores de la casa de cambio del aeropuerto, tenían una paciencia increíble, incluso pudimos conversar un poco, yo con mí rudimental japonés decía “sumimasen” porque de torpe no encontraba un documento y el señor me decía “daijoubu” “it’s okay”. Tal vez no fue eso lo que dijimos, pero el punto es que todo lo decía sonriendo y después nos regaló una grulla de origami para que tuviéramos buena suerte. ¡No lo olvidaré señor del aeropuerto!  Ni al joven que me ayudó a escribir el número de teléfono del alojamiento al entrar a  Japón.

En Kyoto visitamos el santuario Fushimi Inari, que probablemente reconocerán por sus “tori” que encuadran el camino, que es bastante largo puesto que está situado en un montaña. Mi mamá vio una escena en la película “Memorias de una geisha” que fue filmada ahí y se emociona cada vez que lo ve. No me pregunten que hay en la cima porque no llegué hasta allá, morimos en el intento. Mientras van subiendo van a encontrar muchas cosas interesantes que japonismo explica mucho mejor que yo. Si quiere comprar algo y tiene tendencia a perderse como yo,  no lo deje para después, mi hermana quería comprar un amuleto y nunca lo volvimos a encontrar. Tal vez fue una señal diciendo la vida es ahora, no dejen las cosas para después.  

Entrada a Fushimi Inari, sacadas por nuestros amigos extranjeros

La recomendación es llegar temprano, porque a eso de las 10 está demasiado lleno de turistas y tours, por lo que moverse va a ser más difícil y olvídense de sacar fotos sin extraños en ellas. Al salir nos encontramos con muchos puestos pequeños que vendían comida, disfrutamos comiendo mochi y takoyaki. Tampoco es buena idea comer mientras caminas, porque vas a caminar más lento y entorpecer el camino de otros y porque puedes ir ensuciando mientras lo haces. Así que sea civilizado y párese a un lado del camino.

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